Voy a intentar no ser demasiado cruel con esto. Será difícil, porque anoche estuve a punto de causar una masacre (esto, señores de los servicios secretos de las naciones, es una hipérbole – no tenía ni tengo ninguna intención de matar a nadie).
No sé si ustedes lo sabrán, pero estoy pasando la Nochevieja y los días que la rodean en un encuentro de esperantistas en un pueblo de Polonia llamado Zakopane. En este tipo de encuentros suelen reunirse un par de cientos de jóvenes de todo el mundo, la gran mayoría de los cuales habla bien esperanto, aunque también hay algún principiante, y se organizan actividades de diverso tipo, como debates, excursiones, concursos, etcétera.
Uno lo ve así y piensa “uh, interesante”. Sí, y tienen razón. Es interesante. Pero a veces lo interesante no debería serlo tanto.
Yo no sé que pasó esta vez, pero parece que de alguna forma se juntaron los más raritos de los esperantistas raritos. Y es sinceramente difícil tener una conversación normal con gran parte de la gente de acá: o te cuentan historias absurdas o se te ponen a analizar la procedencia y el uso de una interjección en ochenta y dos lenguas o se te quedan mirando con cara de psicópata.
Esto no es poco habitual en este tipo de situaciones, pero lo agrava la falta general de cualquier cosa interesante para hacer en el marco del encuentro. Yo, con algunos otros, me he dedicado a hacer salidas por mi cuenta, lo cual es un gran acierto, pero lo dicho: acá-acá para hacer no hay nada.
Anoche fue el colmo. Hubo una presentación de tres pequeñas obras de teatro razonable, un concierto aceptable de un francés que tocaba el piano y después vino: un señor con una guitarra en la que sólo sabría tres acordes, cantando canciones de pseudocantautor, todos de temática “esperantista”, gritando y dando alaridos -lo juro- con rimas fáciles llenas de sub la ĉiel’, fina venko y verda stel’. Peor incluso era la multitud que lo celebraba.
Esto, desde luego, no tiene nada que ver con la lengua propiamente dicha. Y entiendo perfectamente por qué la gente tiene esa imagen del esperanto como una secta. Bien visto, quizás sea incluso mejor verlo desde fuera como una secta y no “entrar” y ver esta panda de energúmenos.