Quizás esto suene a excusa, pero es pura verdad: no he escrito nada en los últimos meses porque he estado, casi literalmente, dando tumbos por media Europa.
Desde donde estaba sentado la última vez, fui botando unas manzanas a la izquierda en el mapa, después unos cuantos cientos de quilómetros más, después volando hasta otro mar para rodar de un lado a otro de la península ibérica y seguir por los aires hasta las cercanías de la selva negra y hacia lo hundido del norte, que me devolvería como un rayo a…
…Heidelberg.
Sí, así es. Yo creo que ya se puede decir, sin apresurarse, que estoy (relativamente) instalado en esta ciudad, cuyo nombre resulta prácticamente imposible de pronunciar sin hacer antes un curso de alemán.
Todo parece ir bien: tengo un techo sobre mi cabeza (y un suelo sobre mis pies, por si quedaba alguna duda). Tengo comida que comer y trabajo que me da dinero para comprar más cuando se termine. Eso, por ahora y en cuanto a lo material. En cuanto a lo no material: sigo contando con mi espíritu y mi buen humor aún no me ha abandonado en las frías noches de las cinco y media de la tarde (esperemos que aguante). Estoy rodeado de gente (que parece haber tenido a bien regalarme una gripe F, pero yo no se lo tengo en cuenta) y parte de la que no me rodea se hace presente de una u otra forma.
Eso es lo que hay, señoras y señores.